«La Polilla»
Por Stephen Crane
“El peor enemigo del socialismo no es el capitalismo. Es la realidad”:
Margaret Thatcher, la Dama de Hierro
Es madrugada del 3 de enero pasado. Una sorpresiva operación de escasos 40 minutos cambiaría la geopolítica mundial.
Caracas, en absolutas tinieblas. La ciudad, en penumbras. Está más negra que el azabache. Se escucha el sordo estruendo del tableteo de metralletas artilladas, motores y hélices de aeronaves. Rompe, como afilado cuchillo de obsidiana, el silencio mortal en el cielo. Enchina la piel.
Oscuro presagio.
Sinfonía macabra.
Las estrellas titilan. Impasible, la oblea pálida colgada con clavos invisibles en el firmamento.
Huele a sangre y muerte.
Parece una traidora acción, al amparo de la noche cómplice. Como el bandido que asalta a una víctima desvalida.
Soldados estadounidenses altamente entrenados de la Delta Force irrumpen en la fortaleza de Nicolás Maduro, en Caracas. El presidente de Venezuela duerme, atenazado por demonios, junto a su esposa, Cilia Flores. Ambos son capturados acusados de narcotráfico y artífices de una prolongada tragedia humanitaria que se extendió por 27 años.
Maduro, 63 años, 1.90 de estatura -cuyos abuelos eran judíos, de origen morisco sefardí- fue rápidamente arrastrado y puesto bajo custodia cuando intentaba huir a su habitación segura reforzada con acero. En unas cuantas horas, enfundado en finos trajes, en vez de portar la banda presidencial en el pecho, tachonado de medallas, como héroe de guerra antiguo, viste un uniforme carcelario de delincuente, en una prisión de Nueva York.
Se sabía que iba a ocurrir.
Pero no cuándo ni cómo.
Heló la sangre la relampagueante acción quirúrgica, ataques aéreos, con 150 de naves que partieron de 20 bases. Previamente, en las primeras horas de la madrugada, llegó un apagón en toda la capital y la consecuente inhabilitación de todos los sistemas de seguridad. Hubo siete explosiones con misiles en la capital y otros tantos en algunas ciudades aledañas, como distractor.
Fue desmentida la versión de que uno de ellos cayó en el mausoleo donde reposan los restos de Hugo Chávez.
Escenas casi de película hollywoodense de guerra. Durante esos 40 minutos, la ciudad de Caracas se exacerbó, en lo que ha sido durante 27 años de chavismo: infierno en la tierra.
O, quizá, infierno en el averno, que el populismo convirtió al país caribeño en más de cinco lustros de dictadura.
Los endiablados ojos de Donald Trump, brillaban de gozo y goce victorioso. Y en su rostro se dibujaba un haz de triunfal satisfacción durante la conferencia de prensa, posterior al ataque, para dar al mundo el reporte de la fugaz acción. Observó la operación militar en tiempo real desde una habitación en su mansión de Mar-a-Lago, en Florida, rodeado de militares y personal de inteligencia.
El jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Kane, reveló que la misión fue bautizada como “Operation Absolute Resolve” (Operación Resolución Absoluta) y la describió como discreta, precisa y planificada durante meses.
De forma paralela, y según el propio Kane, se activaron capacidades de los comandos cibernéticos, espacial y de inteligencia para “abrir un corredor” y desactivar defensas aéreas venezolanas para permitir la entrada y salida de las fuerzas militares sin ser derribadas.
Fue una demostración de la letalidad, eficacia y rapidez del poderío bélico, para las otras dos potencias con que Estados Unidos comparte el control del mundo: China y Rusia.
El Gobierno de Venezuela contabilizó al menos 100 personas muertas y “otra cantidad parecida de heridos”. Washington, por su parte, aseguró que no hubo bajas entre sus tropas, aunque reconoció que algunos militares resultaron heridos durante la operación.
Entre el centenar de muertos, fue aniquilada la escolta de 32 militares cubanos que formaban su granítico anillo humanitario de seguridad de Maduro. Curioso, eso sí, que no hubiera venezolanos.
Meses antes de la acción militar sobre la ciudad caraqueña, Maduro tuvo ofertas de Trump para que saliera del país y exiliarse en la nación de su elección. Rechazó acorazado por su tiránica soberbia. Había dos países que aceptaban acoger al entonces presidente venezolano, según versiones periodísticas: Colombia y Bielorrusia.
Nunca se mencionó a tres de sus hermanos de sangre ideológica: Rusia, China ni Cuba.
Leo en redes sociales un atinado comentario de Felipe Hassom, abogado brasileño y doctor en Derecho Internacional, sobre por qué Estados Unidos -donde radica hace una década- quiso capturar vivo Maduro por razones “frías y estratégicas”.
Argumenta:
“Aunque es un dictador y, por ende, un presidente ilegítimo, su eliminación directa habría sido interpretada internacionalmente como la muerte de un jefe de Estado en funciones, con un costo político, jurídico y mediático elevado. Ese cálculo explica por qué Washington optó por capturarlo y no eliminarlo de inmediato”.
Sigue Hasson:
“Como fuente de información, Maduro resulta clave al ser un narco terrorista aliado de enemigos de los Estados Unidos como Rusia, China, Irán y Cuba. Esa alianza lo coloca en una categoría distinta a la de un criminal común”.
En este escenario, también destaca la acusación del Tío Sam contra el mandatario depuesto, por narcoterrorista y sus presuntos vínculos con cárteles de la droga mexicanos.
Trump busca retomar el espíritu del gigante del norte como policía del mundo. Por el momento, se concentra en América Latina y su satánica MAGA (“Make American Great Again” que en español significa “hacer a América Grande de Nuevo»).
Calca del espíritu de la Doctrina Monroe:
“América para los americanos”.
Espíritu hitleriano de la concentración del poder en un sólo individuo.
Complejo bucear en el mar de información que circula desde el pasado 3 de enero, tras la extracción-aprehensión -invasión, intervención, llaman algunos de los acres defensores- del ex presidente de Venezuela. Océanos de tinta han corrido sobre el tema.
Asalta la duda quién es el héroe y quién el villano de la película, que se preparó durante seis meses por el gobierno estadounidense, que pretende, de nuevo, volver a ejercer como guardián del orden mundial:
Superman regresa.
Es decir, Donald Trump.
Pese a ser un extraterrestre, Clark Kent -superhéroe y periodista- encarna los ideales americanos de verdad, justicia y el «estilo de vida americano».
La imagen del Hombre de Acero, que ilustra esta apolillada Polilla, fue elaborada con inteligencia artificial y difundida por la Casa Blanca hace seis meses. Casi cuando se comenzó a preparar el asalto a Caracas.
Riesgo de que el pensamiento esquizofrénico del mandatario estadounidense, de la mano de sus ultraconservadores simpatizantes, sea su propia Kryptonita.
No olvidemos que Trump jamás ha sido hermano de la caridad. Se convirtió, en un hecho histórico, en el primer mandatario delincuente que ocupa la Oficina Oval.
Según el diario The New York Times, en una nota del 11 de enero de 2025, el entonces presidente electo fue condenado en mayo por 34 cargos de falsificación de registros comerciales. Todos relacionados con un plan para encubrir un encuentro sexual con una estrella del porno, una historia lasciva que amenazó con descarrilar su campaña presidencial de 2016.
El juicio de Trump, añade el diario, el cual culminó con un veredicto de culpabilidad en mayo, fue un asunto dramático lleno de detalles íntimos de un escándalo, el testimonio entre lágrimas de una ex asistente y despiadados contrainterrogatorios, incluido Michael Cohen, ex abogado y solucionador de problemas del presidente republicano.
El problema con Trump obedece a que es humano, no extraterrestre.
En la polarización ideológica global del siglo XXI, con el pretexto del bien común, hay dos sopas, ambas escatológicas, sobre todo después de la polémica captura del mico, Nico Maduro, que ha encendido más los ánimos: los zurdos de mierda -como llama el presidente argentino, Javier Milei, al socialismo populista- o la derecha de estiércol que atenaza al ultraconservador capitalismo del imperialismo yanqui, si seguimos con ese hilo discursivo de las heces fecales.
Con una población cercana a los 350 millones de habitantes no hay información documentada de que los ciudadanos quieran huir del satánico imperialismo yanqui.
Gozan el eterno, endemoniado, american dream.
En contraste, por culpa del rabioso socialismo -patria o muerte-, desde 1959, tras el triunfo de la revolución, han huido de la isla alrededor de tres millones de cubanos. Mientras que en Venezuela, casi ocho millones de ciudadanos decidieron salir de su nación, desde que Hugo Chávez asumió el poder el 2 de febrero de 1999. Muchos de ellos recibieron cobijo en la Unión Americana.
Pero, también, el sueño americano es pesadillesco. Y tiene en vilo al indignado imperialismo «cara pálida», como llaman algunos cibernautas.
Un agente del Servicio de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) mató a tiros el miércoles de la semana pasada a Renee Nicole Good, 37 años de edad. Al parecer trató de entorpecer con su vehículo un control migratorio en Minneápolis y recibió tres disparos. Todo indica que en la cabeza. Dejó tres pequeños huérfanos.
Drama innecesario que incendió la rabia nacional con un mar de protestas.
La experiencia global arroja que en más de 100 años, desde la revolución rusa de 1917, importa. sin asomo de duda, que exista la izquierda en cualquier democracia. Porque airea el ejercicio político.
Y también a la sociedad. Todo conocimiento es complementario. Jamás excluyente.
Además, porque: cuando todos pensamos igual es que no pensamos.
Y no importa si alguna ideología tiene la razón o no. Todas tienen verdad y están equivocadas. Es una dualidad indisoluble. Importa, eso sí, atisbar cuál causa menos daño social, económico y político.
Se inmolaron en sus palabras, mexicanos simpatizantes de la presidenta Claudia Sheinabum Pardo -caracterizada por ideología populista desde una izquierda trasnochada, una especie de furor uterino socialista-, cuando criticó la acción militar de Estados Unidos en Caracas.
Exigió al país de las barras y las estrellas, con fuego en sus ojos e ira en su voz, la liberación de Maduro y la intervención de la ONU, en el conflicto, porque, sostuvo, viola el derecho internacional.
Sus seguidores la secundaron. Estuvieron a punto de cortarse las venas con hojas de lechuga por Maduro. Incluso realizaron manifestaciones en diversas ciudades del país.
Curioso que en un país aún democrático, como México, donde prima la libertad de expresión, haya quienes externaron su enamoramiento a un tirano -cuyo gobierno se caracterizaba por ejecuciones, secuestros, violaciones y torturas-.
Tenía, por ejemplo, en las mazmorras del Helicoide -infierno carcelario- de Caracas a la mayoría de los mil presos políticos. Entre ellos adolescentes y discapacitados. Hace unas horas, el gobierno interino de la chavista Delcy Rodríguez anunció la liberación de más de 400 presos de conciencia.
Los afines a la mandataria mexicana, curiosamente, nada hacen para exigir que pare la feroz narcoviolencia en Sinaloa, que llega a 16 meses. Tampoco protestan por el asesinado de 13 periodistas durante el actual sexenio, que comenzó en septiembre de 2024. Un total de 88 reporteros cayeron durante los últimos siete años, según versiones de prensa.
Tampoco claman por los 220 mil asesinatos a manos de la delincuencia organizada desde diciembre de 2018 a la fecha o por los 11 feminicidios que ocurren a diario.
Aunque hace unas horas reculó la señora Sheinbaum: pide un juicio justo para el ex mandatario venezolano.
A manera de corolario:
Cuando el buró Político del Partido Comunista, en cualquier país, llega al poder gracias a su virtuosa rebeldía, se convierte en la verdad absoluta. Construye todo un perverso andamiaje social y político para que nadie se subleve en su contra y, así, perpetuarse en el poder.
Algo similar hace Morena, partido en el poder en México -cuyos detractores en redes sociales llaman con sorna «morenarcos» o «narcoEstado»-: desmantela, poco a poco, todos los contrapesos políticos.
Se encamina a ser, irremisiblemente, si no hacemos algo, la Venezuela del Norte.
Y, sí:
Superman is back.






